Ella
aprecia el pequeño estuche que aún sostengo entre mis manos. Pero no hay
ninguna reacción. No una que yo estuviera deseando al menos. ¿Por qué no la
hay? No hay sonrisas, no hay emoción, no nada. Sólo sus ojos estupefactos
paralizados.
Miro el
brazalete de nuevo con mi aliento debilitado dentro de esa superficie de
terciopelo para verificar que ambos vemos lo que creo. No, aún nada.
—¿No te
gusta?—inquiero superando el nivel de ansiedad inminente en mi voz.
Rachel me
lanza una serie de pestañeos abrumados que debido a la forma en que se pasa
también la mano a través de su cabello exasperada, asesina mis fuerzas. Mis
manos se tambalean aún sosteniendo el obsequio.
—Michael...—logra
gesticular apenas con la mirada aún perdida frente a mí, dejando escapar unos
suspiros delicados—. Por supuesto que sí. Es sólo que yo... No, es que es... No
sé si pueda...
—Vamos,
Rach—le corto, y sus cejas se fruncen en una línea de frustración. Luce muy
bella cuando se pone a reprocharme cosas—. ¿Cómo que no sabes? No te gusta,
entonces.
—Es
demasiado... —se queja, y vuelve a vislumbrar el brazalete. No hace más que
negar.
No hace
más que hacer que continúe olvidándome de sonreír. Y en medio de nuestro
silencio, de mi debilidad, ella ahora se pierde en llevar una mano absorta a la
altura de sus labios.
—Oh,
no...—el temor de su voz es peor que si me hubiesen echado agua helada en el
rostro—. Por favor, dime que no lo has comprado por lo de ayer, Michael.
Ah, no...
maldición.
—Ayer—ahora
soy yo quien busca desviar su mirada—. He sido un idiota ayer, Rachel. Y lo sé.
Tú bien sabes lo perturbado que este asunto me puede llegar a poner y... tan
sólo, quería disculparme.
Niega la
cabeza, aún perdida.
—Entonces
lo hiciste—sentencia—. Michael, ¿Sabes que una discusión se arregla sólo con
una charla, verdad? No con... obsequios, y más, brazaletes de Cartier que pudieron haber costado
cientos de miles de dólares.
Reprimo
una sonrisa de derrota al morder mis labios. Me siento indefenso, tan expuesto
frente a ella. Y, con un demonio, mi plan no ha funcionado, en absoluto.
—Dime cuánto gastaste en esto—dice,
resignada.
—Te aseguro que ha sido menos de
cientos de miles de dólares.
—Dímelo.
—No...
Vuelve a
resoplar, esta vez con un deje más agresivo. ¿Es que no me iba a dejar ganar ni
una?
—¿Michael...?
Bien, ya
está, estoy acabado.
—Doce mil.
Rachel se
cubre el rostro entero con sus manos al tiempo en que hace estancar ahí un
dulce gruñido cargado de desesperación. Pero su tierna voz me hace tener que
ocultar una sonrisa antes que hacerme estremecer. Tendré que hacerla enojar más
seguido si quiero encontrarme con esta ternura de nuevo.
—¡Michael...!—brama,
volviendo a descubrir su rostro frente a mí—. ¿Por qué, cariño? ¿Por qué lo has
hecho?
—N-no es
nada, Rachel—musito con suavidad—. Es sólo simbólico, es sólo que te amo, ¿Está
bien? De verdad creí que...
Su índice
en mis labios me hace olvidarme de seguir. Avanza, y con sus ojos bien puestos
sobre los míos toma de mis manos el pequeño estuche lujoso para sellarlo de
vuelta y devolverlo a la mesa de centro de la estancia. Sus ojos simplemente me
han devorado la voluntad así como así, y por la forma en que al volver toma de
mi mentón para obligarme a mirarle sólo a ella se evaporan mis defensas.
—¿Cuántas
veces serán necesarias para hacerte entender que el amor que tengo por ti no
funciona a base de cosas materiales, Michael?
Quiero,
pero no puedo responder. No sé qué decir.
—Sí, ayer
hemos discutido—añade con un hilo de voz—. Sí, ha sido por lo mismo, lo sé.
Pero nada que no pueda arreglarse sin regalos de por medio, ¿Está bien?
De
inmediato me tengo que incorporar, negando inevitablemente con los ojos
cerrados. Sí, ya me lo había dicho incontable número de veces antes.
—Lo sé—susurro con la mirada baja—.
Lo siento, princesa.
—Todo está bien, Michael.
Y sus
brazos se aferran en torno a mi cuello sin esperar. Tomo instintivamente de sus
caderas para ceñirla más a mi cuerpo y un suspiro delicioso se escapa de los
labios de ambos. Era lo que quería, volver a sentirla tan cerca de mí, volver a
sentirnos como uno de nuevo.
Se aparta
un poco para mirarme mejor, entonces toma impulso desde mi cuello para ponerse
de puntillas y dejar un beso leve en mis labios.
—Te amo, Rach.
Mis
mejillas arden ante el brillo que derrochan sus ojos claros. Sus labios
coloreados por su color favorito, las comisuras de sus labios extendiéndose y
haciendo multiplicar su belleza, mi Rachel, mi amor. No soy nada sin ella.
—Y yo a
ti—la respuesta aparece casi de inmediato, como la luz infinita del sol que
derrite el hielo luego de una nevada—. Ahora, ve preparándote, que seguro John
no tarda en aparecer para llevarte con él.
La idea
me hace entornar los ojos.
—Ah, no.
De eso nada—con rapidez ya me ocupo de tomar su mano al tiempo en que paso mi
mirada por el reloj de mi muñeca. Sí, ya es casi la hora de irme, pero también
la es de mostrarle aún más. A zancadas veloces terminamos casi al pie de la
puerta principal. Sus pasos habían cedido sin problema pero sus ojos están
ahogados en una suma confusión—. No aún, hasta ver tu rostro en cuanto mires mi
segunda sorpresa.
De alguna
forma mis palabras le hacen torcer el gesto con desagrado.
—Michael...—bisbisea con pereza—. ¿Otra
sorpresa...?
—Oh, pero esta sí te gustará.
Le
fascinará, maldición, estoy seguro.
Rachel se
cruza de brazos retándome con la mirada.
—Mejor
que no sean de los chocolates que has traído la otra vez—murmura ya con el
rostro más relajado—. Me los he terminado de una, y ya hasta siento que engordé
un poco por todo el tiempo que mi estómago pasa procesándolos dentro.
La miro
de reojo bufándome y dejando salir mis risas. Está perfecta, como siempre.
—Créeme,
linda—mascullo—. Hasta a mí me dolió que no me dejaras ni uno sólo. Pero no,
esto es diferente.
—¿Cómo...?
—Lo verás—pese
al tiempo, me arriesgo a mirar de nuevo el reloj. Son tan sólo unos segundos
para las cuatro de la tarde y contando—. Y espero que llegue en cinco, cuatro,
tres, dos, uno...
Alguien
llama a la puerta en ese segundo, y no puedo sino lanzar a Rachel una tremenda
sonrisa enigmática. Y ya puedo imaginármela a ella lanzándose a los brazos
abiertos de Rachel apenas y cruce el umbral. Ya saboreo la victoria, por fin.
—Siempre tan puntual—el asombro
apenas y me deja hablar.
Tomo de
la manija para atender, con la mirada de Rachel aún puesta sobre la mía. Ella
se incorpora de inmediato, presa de la confusión, y yo sólo me pongo a
disfrutar de su bello rostro gesticulando un perfecto asombro mientras abro la
puerta frente a nosotros.
—¿¡Monica!?—Rachel
brama con la mirada perdida, las piernas temblándole y su mandíbula ya cayendo
por los suelos. Monica sin más deja caer el par de valijas pequeñas que tendían
de sus manos.
—¡Oh, Rach...!
Ambas ahí
se pierden en un abrazo fraternal. Rachel la toma con fuerza aún negando por la
impresión y mientras tiene bien aferrado el cuerpo de Monica hacia su cuerpo es
cuando me lanza la más perfecta de las miradas humedecidas. Sus ojos me dejan
ver que el haber hecho que Monica hubiese aparecido con nosotros, era incluso
más de lo que ahora necesitaba.
No evito
ahogar una carcajada aún observándolas a ambas. Monica lo oye, y al
incorporarse de entre los brazos de Rachel me muestra el escozor que han
adoptado sus ojos azules al acercarse a mí.
—Michael...—susurra al limpiar una lágrima
traicionera escapándose de sus ojos. Ella abre sus brazos hacia mí y yo no
tengo ni el mínimo titubeo en recibirla con uno de mis mejores abrazos.
—Hola,
Mon—como puedo dejo un leve beso en su cabello, y de reojo me doy cuenta la
ternura insoportable con la que Rachel nos aprecia a los dos.
—¿Cómo
estás?—infiere con la voz temblorosa, y le doy oportunidad de apartarse un poco
para poder observarnos mejor.
—Mejor—aunque
no lo planeo, siento cierta debilidad en mi sonrisa. Su mirada, el tono de su
voz compasivo, todo me dice a gritos lo que refiere su pregunta—. Todo está
mejor por aquí. Gracias... por todo.
Escucho
un sollozo dulce detrás de nosotros. Monica y yo nos giramos en el mismo
instante y ambos miramos a Rachel, atrapándola en el acto de limpiar una
lágrima que está deslizándose por su mejilla.
—Cielo...—Monica
se vuelve hacia ella con dolor evidente—. ¿Está todo bien?
—Es que
no puedo creer que estés aquí, yo...—un sollozo más, y Rachel termina por
tomarla entre sus brazos de nuevo y negando—. Te he extrañado tanto.
—Y yo a
ti. A ambos—se aleja con delicadeza de ella para poder mirarnos a ambos—. Todos
los hemos extrañado como unos desquiciados, Michael.
—Diablos—inmediatamente
me tenso al mirarle—, lamento tanto todo el tiempo que ha pasado sin que haya
visitado Nueva York. Tú sabes que...
—Lo sé—me corta, dulce—. Por
favor... descuida.
Me limito
a agradecerle con una sonrisa, y Rachel también. Agradecería hasta lo increíble
lo fácil que era depositar mi confianza en Monica y los chicos. Luego de tantos
años, no ha habido, y no habrá un solo día en el que no agradezca habérmelos
encontrado. Y con ellos, al amor de mi vida.
La puerta
nos toma desprevenidos abriéndose de nuevo y John irrumpe nuestra pequeña
atmósfera de felicidad. Está atrofiado, más apurado que de costumbre. Es en
cuanto se topa conmigo que me ve de pies a cabeza y al cabo de haber analizado
mi atuendo gesticula una mueca de aprobación.
¿De qué
ha ido todo eso?
—Estás listo ya, ¿Cierto?—inquiere
abriendo amenazantes sus ojos.
—Lo
estoy, John—musito. En el mismo momento me percato de la mirada perdida que
Monica le está dedicando y una sonrisa traicionera aparece de mis labios—. Ahora,
prueba que tienes modales y saluda a la linda dama que nos acompaña, ¿Quieres?
Es la mejor amiga de Rachel.
Rachel se
ríe por lo bajo, y a Monica se le encienden las mejillas cuando John se le
acerca por fin.
—Mil
disculpas, hola... —John le estrecha la mano titubeante—. John Branca, abogado
de Michael.
—Monica Geller—Monica le devuelve el
saludo con gentileza—. Encantada.
John sólo
agranda su sonrisa un poco más, pero no demasiado. Lastimosamente el gesto
termina al encontrarme de nuevo.
—Mike, lo
siento. Pero, en verdad tenemos que irnos—murmura al pasar la vista por el
reloj de su muñeca—. Brett me ha dicho que Lisa no tarda en aparecer en su
casa, y...
—Lo sé, tranquilo—le digo, más
calmado—. Ya voy, ¿Está bien?
—Esperaré
en el auto—musita, tomando la manija de la puerta detrás de él. De un solo
movimiento ya pisa el exterior y el retumbe de la puerta cerrándose se disipa
por toda la planta baja. Aguarda del otro lado, pegado a la puerta para gritar:—.
¡No tardes tanto, Michael!
Un suspiro
más, y mi única escapatoria es refugiarme en los ojos atolondrados de Rachel y
Monica a mi lado.
—¿Te vas?—Monica musita hacia mí,
extrañada.
—Es sólo trabajo—me encojo de
hombros—, no es...
—Trabajo
que ni suena tan mal, parece—Rachel me interrumpe dejando salir un par de
risitas y Monica le cuestiona con la mirada como si aún no lo comprendiera del
todo—. Irá a reunirse con la hija de Elvis. Lisa Marie Presley. Quiere
consultar a Michael algunos consejos para iniciar una carrera en la música.
—Vaya... —Monica
asiente con la mirada en el vacío—. No sabía que ella podía cantar.
—Tampoco yo—admito—. O bueno, es lo que tendré
que averiguar, supongo.
Un claxon
suena desde afuera, y hace que Rachel eche un dulce respingo.
—Maldición,
tengo que irme—andando a pasos torpes hacia Rachel, tan sólo se me ocurre
ocuparme de pasar mi mano tensa por la piel suave de su mejilla—. Linda, me
gustaría no tener que dejarte ahora, pero es que he quedado con John desde hace
tanto tiempo. No puedo cancelar.
—Por favor,
no te preocupes—me responde con una hermosa sonrisa. Así es como me sonríe
cuando sé que me extrañará, como cuando me voy esperando encontrarme con mi
dosis perfecta de besos apenas pueda volver por la noche—. Estaré bien...
Además, aquí tengo a mi chica. Nos llevará más de una tarde ponernos al
corriente con todo lo que ha pasado hasta ahora.
Instintivamente
me vuelvo hacia Monica a mis espaldas para obsequiarle una sonrisa cómplice.
Ahora
podía irme, pero ni loco, no sin estar seguro de todo.
—¿Segura
que todo está bien?—le susurro inclinándome todavía más, mirando sus ojos uno a
uno alternadamente.
Ni lo
espero, y uno más de sus besos deliciosos termina en mis labios.
—¿Eso
responde tu pregunta?—sus mejillas toman un color cálido frente a mí. Está
bellísima. Le tengo, y es lo mejor que podría mirar.
—Mejor de lo que esperaba.
Le guiño
un ojo como garantía de mi respuesta, al tiempo en que me alejo para andar
hacia la puerta.
—Cuida a
mi pequeña por mí, Mon—la miro sonriente al tener ya el picaporte de la puerta
en la mano. No deseé ni por un instante que Rachel llegara a creerse que dejaré
de pensar en ella por el resto del día.
—Lo haré, Michael—Monica suelta unas risitas,
mirando a Rachel—. Descuida.
—Adiós—musito, al final.
Piso el exterior,
y una sonrisa de Rachel es lo último que veo antes de cerrar la puerta.
Iríamos,
cómo no, en un coche puesto por John. Sin seguridad, ni hombres trajeados, o
presencias no requeridas. Tal y como si se tratase simplemente de ir a visitar
a un viejo amigo. Que bien, eso hacíamos, o mis nervios a duras penas me lo
dejan creer.
En el
trayecto a Los Angeles, John no dice ni una palabra. Se le nota nervioso. Está
al volante y yo al asiento del copiloto para reprenderle cada que su mirada
pierde de vista el camino entre semáforos para revisar un bonche de papeleos y
algo dentro de un paquete sellado que lleva consigo. Son distintas cintas de
sonido ahí dentro, o eso parece. Sea lo que sea, sabré qué es lo que contiene
el paquete al llegar. Si lo lleva con él, es porque es necesario para la
reunión.
Decido
perder mi vista en el color verde del exterior por unos segundos.
La idea
de encontrarme con Lisa Marie luego de tanto, tanto tiempo es sin duda inquietante. Intrigante, pero a la vez un
tanto perturbadora, conociendo lo nervioso que me puedo llegar a poner, y lo
provechoso que John se ponía cada que teníamos que sacar el tema a relucir con
su única tarea de ponerme las cosas más difíciles. Me pregunto si será verdad
todo cuanto John me ha dicho de ella hasta ahora. ¿Habrá cambiado como dice? Y
si es así, ¿Qué tanto? No lo puedo ni imaginar.
No
físicamente, por supuesto, o al menos no tanto luego desde la última vez que la
vi. La última vez que miré una fotografía suya de una portada de revista
publicada a principios de 1988, en la que tan sólo tenía diecinueve años a lo
mucho, y estaba al lado de su recién esposo, si no recuerdo mal. Con los tontos
celos que me daban de sólo saberla casada, de comprender que pude, y no había
hecho nada más.
Dios...
hace ya tanto de ese momento.
—¡Michael...!—Brett
es el único en recibirnos a John y a mí, justo a merced de su enorme hogar. Nos
lanza a ambos un par de audibles carcajadas que se dispersan por todo el jardín
principal y tan sólo me quedo apreciando sus brazos abiertos—. ¡Michael Jackson
ha venido a visitarme!
—¡Brett
Livingston!—le contesto con el mismo ánimo y le abrazo al instante. ¡Hace tanto
no le veía!—, ¡He venido a visitarte!
—Maldición,
hace años que no te veía—me suelta para estudiarme de frente con la frente
arrugada.
—Lo sé, es... es bueno verte de
nuevo.
John nos
sorprende a mis espaldas, e igual se toman de brazos abiertos para saludarse
con igual ímpetu.
—¿Ella ya está dentro, Brett?—John
inquiere recobrando tranquilidad.
Sin poder
evitarlo intento pasar de vista hacia el interior para poder vislumbrar un
poco.
—Oh, no,
no. Aún no—se menea distraído—. Pero pasen. Seguro Lisa no tarda en llegar.
—Oh, perfecto—John suspira,
intentando adentrarse más.
—Adelante, chicos.
Entramos
los tres juntos, y mientras Brett cierra la puerta tras nuestro paso me quedo
mirando el interior. La estancia, el pasillo principal, el recibidor, todo está
asombrosamente cuidado, limpio. Está de más pensar en qué tanto tiempo Brett
había estado esperando por esta reunión.
Demasiado,
pienso para mí. ¿Cuándo había sido que John planteó la idea en primer lugar?
Brett sin
más pasa por alto la sala de estar y toda la decoración llamando mi atención
para guiarnos hasta el comedor, en el que hay multitud de cosas. Desde canapés
vegetarianos, bocadillos con carne, postres, una botella de vino Sancerre puesta
sobre un contenedor con hielos y dos pares de copas más posicionadas a un costado,
hasta un puñado de documentos más aguardando ahí, junto con unos cassettes que
John ha dejado apenas aparecimos.
John
lanza al aire la idea de comenzar con la merienda en lo que nuestra invitada
faltante aparece, y Brett aparenta encantarse con la ocurrencia. Mi apetito ha
aumentado, a causa de mis nervios, quizá, y engullo algo de los bocadillos que
hay en cada bandeja. Conforme pasan las horas puedo sentirme más tranquilo. Si
bien, la tensión seguía presente, sonreía un poco más, hablaba incluso un poco
más. Comentamos sobre el final de la gira y sobre otros clientes que John se
encuentra recurriendo actualmente. El tiempo se desliza imperceptible tocando
temas que no llegan a abarcar ninguna idea que no quiero afrontar.
Y Lisa aún
no aparece.
Miro mi
reloj de nuevo, y otra, y otra vez, hasta cuestionar qué tan real sería el
hecho de que ella sí llegaría. O incluso plantearme la idea de que al final, el
que ella arribara no era imprescindible, sino tan sólo con oírles a ambos
hablar de ella iba a bastar. Pero el temor involuntario vuelve, y se me corta
el aliento con medio sorbo de licor en la boca cuando escucho la puerta
principal abriéndose de golpe y sin avisar.
La puerta
se cierra de nuevo, y una risa relajada nace a lo lejos.
—Quiero suponer que no han comenzado
sin mí, Brett.
Una
punzada de nervios arrasa en mi interior. ¿Es ella?
—Pero
claro que no, mujer—Brett murmura dejando de lado su bebida para dejarnos y
acercarse al sitio de donde provenía el ruido. Le sigo con la mirada tanto como
me es posible, hasta que alcanzo a percibirle a él abriendo los brazos amplios
hacia alguien más. Es ella, sin duda. Lisa acaba de llegar, y le recibe con la
misma gracia.
John por
supuesto, le sigue a la par, dejándome sólo en la mesa, completamente
paralizado.
Cálmate, Michael.
Maldición.
—...John—ella
musita ecuánime más allá conforme John se acerca a estrecharle la mano.
Al
escuchar, parpadeo para despejar un poco mi mente. Era imposible que esa voz
grave y serena le pertenezca a ella.
—Un gusto verte de nuevo, Lisa—le
responde sonriente.
Aún con
mis pies tambaleando sobre la moqueta decido acercarme por fin. Avanzo con la
mirada baja y mis manos entrelazadas por delante, pensando en nada sino en lo
despectivo que me ha parecido la diferencia de entusiasmo entre los saludos de
Brett y John hacia Lisa, aunque claro, no le podía culpar tampoco. Después de
todo, John es el abogado de su madre. Supongo que el comportamiento frente a
los Presley lo es todo para él.
—Pues sé
bienvenida—revira Brett hacia la estancia de nuevo para tender una mano
lucidora hacia el interior de la estancia. No alcanzo a fijarme bien, pero a
Lisa a penas y se le pone una leve sonrisa en el rostro—. Ven, que la cena nos
espera.
—Ah, gracias, Brett—musita—. Pero, justo he
terminado de comer en casa, yo...
Termina
deteniéndose en seco luego de ubicarme frente a ella. El aire dentro de mis
pulmones me abandonó, o la sensación de haberme aparecido en el momento
inapropiado me corroe de pronto. Sus ojos simplemente pestañean completamente
turbados.
No sé qué
decir, o cómo reaccionar. Aunque sí, tenía para elegir entre dos opciones; o le
doy un saludo idéntico al de Brett, o uno más profesional, parecido al de John.
Pero, ¿Cómo saberlo? ¿Cómo siquiera comenzar?
Está muy
cambiada, bastante. En realidad, John
se ha quedado corto con su última explicación referente al cambio. No es más la
joven que recordaba de aquella fotografía, no tiene esos mismos ojos apagados
que recordé, sino una mirada más abierta, más expresiva. Su cabello cobrizo ya
no le llega a la cintura tampoco, sino que cae lizo y con gracia a la altura de
sus hombros, resaltando aún más su tez blanca, su boca de corazón y nariz
perfilada. Es una Presley, sin lugar a dudas.
No, no es
bonita simplemente. Es una palabra muy pequeña para ella, y sus ojos demandan
atención. Mirarla es como despertar.
—Supongo
que debo presentarte a la estrella, ¿No es así?—Brett espeta tendiendo una mano
con pedantería hacia mí.
“La estrella” Me repito entornando los
ojos. Pero qué apodo se fue a elegir.
—Ya nos
habíamos conocido, de hecho—Lisa sin más me sorprende enarcando una ceja,
bufándose luego—. Hace cerca de veinte años... mi padre solía llevarme a ver su
show, en Las Vegas todo el tiempo.
Termino
por asentir, sintiendo cómo una sonrisa involuntaria se me escapa. Nos habíamos
conocido, sí. Pero edades atrás, y eso no me resulta más fácil. Vamos, antes no
tenía, como ahora, ese tipo de sonrisa que parece decir ‘No me conoces, y jamás
lo harás’.
—...Los Jackson Five—musita al final.
Me
fulmina enigmática con la mirada, y yo me decido por tenderle una mano nada
más.
—Hola, Lisa—le digo titubeante. Ella toma mi
mano para estrecharla en el acto.
—Hola...—su
sonrisa se vuelve un poco más relajada—. Gracias por haber aceptado hacer esto.
—Oh, ni lo menciones. Es un placer.
—Bien,
dicho esto. Prosigamos entonces—Brett anuncia detrás, haciendo que Lisa de un
respingo devolviera mi mano—, ¿Quieren?
—Ah,
claro—respondo de forma vaga, y sin más cedo lugar para que ella pudiese
avanzar por delante del resto de nosotros.
Al
llegar, naturalmente aguardo a que ella elija un sitio para sentarse. Tarda un
poco, vislumbrando las copas puestas sobre la mesa y mis bocadillos a medio
comer, mientras John y Brett parecen pasarlo por alto y vuelven sin penas a sus
respectivos lugares. Un resople exasperado brota de mis labios. Pero qué modales.
—Y Lisa—Brett le dice volviendo a tomar su
bebida—, ¿No has traído a los niños?
—Ah, no.
Mi mamá los cuidará esta noche—ella finalmente toma asiento. Con John a mi lado
y Brett más a la orilla, termina sentándose justo frente a mí, no sin agradecerme
con la mirada el haberle esperado. Es en ese momento que me percato del color
verde aceituna que tienen sus ojos—. Sé que a ella le pesa un poco andar detrás
de dos creaturas como las mías pero, no me pareció buena idea traerlos aquí
esta noche.
—Ah, adoro
a esos chiquillos. Y la pequeña se parece tanto a ti, es increíble—agrega,
bobalicón.
—¿Tienes
una niña también?—tuerzo el gesto con extrañez y llamo su atención—. ¿Cuáles
son sus nombres?
Lisa me
sonríe con timidez.
—Riley es
la niña—entorna los ojos y niega para ella—, bueno, Danielle. Y, Ben es mi
pequeño.
—Son ambos nombres muy bellos.
Felicidades—replico.
—Gracias.
—Y bien—Brett
recalca el desvío del tema aplaudiendo a nuestro lado—, has dicho que no te
apetecía cenar, Lisa. ¿Te gustaría que comenzáramos?
—Ah, sí...—menea la cabeza
descolocada—. Claro, adelante.
—Michael,
Lisa ya ha grabado cuatro canciones producidas por Dany Keough, su esposo—John
vira hacia mí luego de incorporarse en su asiento. Asiento con él, cuidando de
lanzar el gesto correcto hacia ella—. Son esas las canciones que escucharemos
para saber tu opinión.
—Oh, claro, John. Sí.
Una
risilla engreída le brota de pronto al recuperar con osadía el paquete que
llevaba revisando durante todo el viaje desde Neverland, se gira hacia ella y
tanto Lisa como yo nos le quedamos mirando confundidos.
—No has
podido encontrarte con Michael en un momento mejor, Lisa—sonríe estando seguro
de elegir qué cinta de sonido iría a reproducir primero—. Justo el día de ayer
nos ha llegado la notificación de que su último álbum ha conseguido vender más
de veinte millones de ejemplares alrededor del mundo.
—Estás bromeando—Brett se burla de inmediato
para todos—. ¿Veinte millones?
El
bullicio inicia con ambos celebrando a carcajadas, pero Lisa no tiene en su
rostro la más mínima expresión. No sonríe, no articula gesto, no nada. Y yo me
quedo ahí, distraído por no poder dejar de mirarla.
—Ah...
sí. Estoy...—aclaro mi garganta con mis ojos dejándole—. Estoy muy contento, ha
sido una muy buena noticia.
—Pues felicidades, Mike—Brett me señala con
entusiasmo—. Seguro te lo mereces.
—Sí...
Felicidades—Lisa espeta con cinismo, y con una voz carente de significado.
Observo
su sonrisa evaporándose en el acto. No lo entiendo... ¿He hecho algo mal?
—G-gracias—trato
de responder. Hacía tanto que una persona no me había dirigido la mirada más
fría de todas luego de sólo cinco minutos de haberme conocido.
—Bueno,
comencemos—John, sin haber puesto la mínima atención, devuelve el paquete con
el resto de las cintas a su sitio y se dirige al estéreo posicionado a unos
metros del comedor con el primero a escuchar—. Y esperemos por lo mejor.
Lisa resopla
absorta, y evitando mi mirada a toda costa se sirve un gran vaso de brandy
justo antes de que John vuelva a su lugar, y un grupo de acordes de guitarra
impregnan en ese momento todo el sitio.
Suspiro
para mí, intentando despejarme. Es sólo poner de mi parte y ser capaz de
terminar rápido con esto.
La
primera canción es suave, es una balada de instrumentos de cuerda muy
embelesadora. Su voz nos encuentra de pronto y disipándose por mis sentidos y
es el momento exacto en el que de todas, la voz grave y cruda de Lisa hace mi
piel erizar. No, no lo creo. No hay posibilidad de que ese tipo de voz tan
pesada pueda ser capaz de escaparse por esos pequeños labios teñidos de carmín,
no lo imagino. Tenía que ser una broma, o algo muy alejado de la realidad. Esa
voz no podía ser suya. Y si lo era, es entonces realmente... excepcional.
Percusión
es lo primero que avecina en las siguientes tonadas; ecos, sólo los acordes
correctos. Es realmente asombroso cómo su mera voz podía pasar de una tierna
balada al ritmo pesado de una canción de rock,
o al movimiento lento de una dulce melodía Soul.
Como sus letras tenían dos caras, como la luna. Fortaleza y debilidad,
alegría y tristeza. Es comerse al mundo y que el mundo se la coma a ella. Es
caos, es control que lleva al descontrol. Todo cuanto dice es muy de ella, es
muy suya. Y bien, que quizá ya vaya siendo hora de estar seguro de que se
comparte con muy pocos.
Al cabo
de media hora, las canciones terminan, pero mi asombro apenas ahí comienza.
La cena
transcurre con todos comentando acerca de las diversas melodías, y sorpresivamente
no tengo mucho qué decir, salvo por diversos cumplidos y ninguna idea la más
remota modificación. Me parece un tanto increíble pero, parece que con cada
halago, Lisa parece izar su mirada más hacia mí. La mirada tensa que me había
dedicado hacía tiempo ya no estaba, en absoluto.
‘El ritmo
es el adecuado’, su mirada se junta con la mía.
‘La letra
inmejorable’, las comisuras de sus labios se extienden un poco.
‘La voz,
perfecta’, y sus mejillas se enrojecen en el mismo momento.
Y ya lo sabía,
yo sabía que ella sonreía y se sonrojaba así con todos, pero no podía evitar
sentirme especial con esa última vez que me sonrió.
—Yo lo
lamento, chicos...—Brett se pone de pie indolente buscando algo en el interior
de su bolsillo—. Pero creo que necesito un cigarrillo.
—Iré contigo—John le sigue sin
pensárselo.
—¿Vienes, Lisa?—inquiere, luego de
asentirle a John.
Ella más
que escucharle, me manda a mí una mirada dudosa. Me hago el distraído virando
hacia mi plato para mostrar indiferencia.
—Ah... no—le
asegura, y alzo mi mirada de nuevo—. Pero, gracias, Brett. Quizá luego.
—Claro—Brett fuerza una sonrisa como
respuesta.
—Ahora volvemos.
Entre
murmullos y risas ambos se alejan de nosotros al tiempo en que Lisa se retuerce
sobre su asiento para acomodarse mejor. Ella entonces se me queda mirando y no
puedo sino devolverle la acción pero más intrigado, un tanto desconcertado.
—No
tenías que quedarte—vacilo con una leve sonrisa—. Puedes ir con ellos si
quieres.
—No, no
tenía ganas—se niega relajada—. Además de que no quiero llegar a casa infestada
de ese olor.
Le hago
una expresión acorde y me vuelvo a distraer. Ella y yo solos, el silencio, y
nada más por decir. Es un poco incómodo.
Una risa
de desquite se le escapa de pronto.
—Sabes,
normalmente puedo mantener cuanto me apetezca la mirada de un sujeto que acabo
de conocer sin ningún problema—al inclinarse un poco más sobre la mesa,
entrecierra sus ojos para hacer más fulminante su mirada—. Pero por alguna
razón, ha sido diferente contigo al principio. O bueno, tal vez sé por qué. Quizá
esa cifra de veinte millones me ha intimidado un poco hace rato. Me he sentido
algo presionada.
—No
tenías por qué estarlo—me apresuro a contestarle, y niego pese a mi alivio
repentino. Al menos ha sido eso y no que yo mismo le he molestado—. No he sido
diferente a ti, todos comenzamos desde algún punto, ¿No?
Niega
sonriente y con una risita lívida y derrotada.
—Es que
todos se ponían frenéticos cuando se enteraban de que la hija de Elvis quería
cantar—sus palabras deslizan una a una pero sin siquiera mirarme—. Era...
extraordinario. Pero no sabía que luego de todo eso, se convertía en un anuncio
de negocios y dinero, sólo dinero.
Asiento
nervioso pero comprendiendo totalmente. Decido dejarle continuar.
—Creo que
por eso me he presionado frente a ti. Al final, terminé perdiendo la pasión.
Perdí el impulso creativo. Supongo que me asusté y decidí dejarlo—aguarda unos
segundos cuando vuelve a postrar su vista en mí. Espero, y sus labios vuelven a
extenderse de nuevo, sus mejillas amenazan con empezarse a colorear—. Tenía
miedo de que me comparasen con mi padre, miedo al rechazo. No tenía confianza
en mí misma como vocalista.
—Pues no
debería existir ese miedo—musito leve, sin dejar relucir lo fascinado que me
tenía su voz—. Eres asombrosa cantando.
—Ya, claro—resopla mesándose los
cabellos con desinterés.
—¡Lo digo en verdad! Te lo aseguro,
tienes la voz.
—Pero no la experiencia.
—Es ahí donde yo podría ayudarte.
Su mirada
desciende ubicando la botella de licor a un costado de ella. Su copa entonces se
vuelve a llenar, da un sorbo grande y termina cruzándose de brazos arqueando
una ceja, indolente, con su sonrisa volviendo a recobrar el poder. Maldición,
es como si ni siquiera pudiera dejar de mirarla.
—Tan
sólo...—sacudo la cabeza, aún avispado—. Podría darte un empujoncito. Veré qué
puedo hacer por ti.
Lisa se
ríe como si no terminara de creérselo.
—¿Qué?—me reta—. ¿Harás de mí una
estrella?
—¿Por qué no? Todo podría pasar, lo
llevas en la sangre. Eso es seguro.
Sus ojos
fulminándome más, si acaso es posible. Y una risa más llamativa aparece.
—De
acuerdo—me dice—. Y si no funciona, entonces seré el mejor error que pudiste
haber cometido.
Me río a
causa del comentario, y conforme sé que ambos hemos compartido el mismo volumen
de risas siento perfectamente mis mejillas enardecer. No era de mucho sentido
del humor, eso estaba claro, así que verla reír por primera vez luego de toda
la tarde era algo por lo que tenía que celebrar por dentro. Así sus sonrisas
sean las que sólo duren no más de dos segundos y medio.
La
seriedad que le toma por sorpresa me hace estremecer.
—¿Sabes?—murmura
con ese tono grave—. Había una segunda razón por la que he querido quedarme a
solas contigo.
Yo la
miro negando, sin comprender. Sus ojos se pasean titubeantes por el lugar
entero como si estuviese buscando sin más las palabras más acertadas.
—De alguna forma u otra... Me he
enterado de las acusaciones.
El
aliento se me corta en la garganta, y mientras un retortijón terrible se
propaga por todo mi pecho no evito quedarme helado, sintiendo la sangre
abandonando mi rostro. Mierda, no... No esto ahora, no ella también, no.
Las
acusaciones, los rumores, la prensa. Las mentiras, todas y cada una de ellas.
No se me ocurre qué otra maldita calumnia habrá oído hablar sobre mí.
—No te
preguntaré siquiera si es cierto todo, o cómo es que ha sucedido—ella susurra
cauta. Noto de reojo, pese a lo insostenible que me resulta su mirada, cómo se
acomodaba turbia un mechón rebelde de su cabello—. Sé que es asunto tuyo, ¿Sí?
Además de que, sé que eres una buena persona. Lo puedo saber, sólo con mirarte.
Sería endemoniadamente ridículo plantearte la maldita pregunta.
Cuando la
vuelvo a mirar, así, de cerca, no puedo sino repetir una y otra vez cada una de
las palabras expresas por ella. El rubor de sus mejillas me hace saber que está
apenada, además de sincera. Sin más, sus ojos verdes pierden el contacto con
los míos al descender hacia sus dedos anudados sobre la mesa y entonces siento
el aire volviendo a emerger.
—Sólo
quería decirte que... lo siento—susurra aún vacilante—. Me parece una terrible
injusticia todo lo que has atravesado hasta ahora.
Y soy yo
ahora el que se queda sin palabras.
—Gracias—le
susurro como puedo. Recupero su mirada y yo sólo niego sin llegar siquiera a
creer todo lo que terminó de decir—. En verdad... de verdad aprecio que me
digas todo esto.
—Ey—se aproxima con desgarbo para
apoyarse más al frente, y me toma desprevenido al atrapar mi mano sobre la mesa
que nos separa—. Estoy de tu lado.
La imagen
de su mano posada sobre la mía me hace descolocar. Pestañeo repetidas veces y
luego de un solo segundo tan sólo me limito a tragar saliva y a incorporarme
abrumado seguido por ella cuando escuchamos las voces sofocantes de John y
Brett farfullando de más volviendo a nosotros.
Espero a
que mi corazón vuelva a su normal ritmo cardíaco.
—¿De qué
van ustedes dos?—John infiere tomando asiento y Brett siguiéndole con una
sonrisa insinuante por detrás. Le giro los ojos apenas me entero.
—Ah, pues
yo...—vislumbro a Lisa con urgencia para buscar por una respuesta qué dar.
—No es
nada—Lisa espeta encogiéndose de hombros
al darse cuenta de las endemoniadas sonrisas que ambos nos mandan—. Estaba
pensando en plantearle la idea a Michael de quedar para cenar un día de éstos.
Pero, no sé si a él le gustaría la idea.
Le frunzo
el ceño instintivamente. Su expresión continúa serena, juguetona y odiosamente
despreocupada. ¿Es en serio?
—¡Suena
perfecto!—John dice con una sonrisa—. Así podrán seguir con el tema, ¿Te
parece, Michael?
—Claro—mascullo
por el gesto petrificado, aunque convencido de que también puedo seguirle el
juego—, ¿Por qué no?
John toma
de su portafolio una pequeña agenda para anotar.
—Yo mismo
haré la reservación—pasea una mano a través de las páginas hasta detenerse en
la última usada—, ¿Les parece mañana mismo?
—Bien por mí—Lisa no tarda en decir.
Al parecer
va en serio.
—Sí—me
encojo de hombros, y John se apura a escribir algo en la pequeña libreta. Le
observo en paz, consciente de que aquello realmente estaba pasando, hasta que
un pensamiento voraz aterriza en mi mente y tengo que detenerle en el acto—. Ah,
sólo... Que la reservación sea para tres.
Lisa me
cuestiona con la mirada. Le sonrío irremediablemente a modo de disculpa.
—Me gustaría presentarte a alguien
especial—musito.
“A la mejor persona de mi universo”
No agrega
más y sonríe, pero no como lo ha llegado a hacer antes. John en cambio me lanza
una gélida mirada cómplice.
—Muy
bien...—asiente conmigo y de inmediato corrige lo que ya se hallaba escrito. Se
detiene dubitativo, y señala a Lisa con su bolígrafo—. ¿Qué me dices, Lisa?
¿Llevas a alguien especial también?
—...No—se pone seria—. Sólo seré yo,
supongo.
—Perfecto—John
devuelve la pequeña agenda ostentosa a su sitio y pasa su vista por su reloj—.
Llegamos a casa y me pongo a ello, si es que aún alcanzo la recepción de algún
restaurante disponible.
—¿Por
qué?—me pongo de pie para acercarme turbado a él. El exterior, la luz, el día
se está terminando—. ¿Qué hora es?
—Son
cerca de las diez de la noche, Michael—es Brett quien me responde—. ¿Por qué?
—Porque
creo que tengo que hacer una llamada telefónica—contesto volviéndome hacia él,
pareciéndome ya que todo a mi alrededor se vuelve lejano—. ¿Me prestas tu
teléfono?
—Es todo tuyo.
Lisa
lanza un chasquido y entrecierra sus ojos con recelo.
—¿Está todo bien?—dice.
—Perfecto,
sólo...—comienzo a andar a trastabillas y usando el pulgar señalo con calma a
mis espaldas—. Tengo que reportarme a casa.
Le
sonrío, o me obligo a hacerlo. Entonces no me lo pienso más y sin percatarme de
si me ha devuelto el gesto me dirijo hacia la estancia principal para tomar el
teléfono más alejado de ellos que puedo encontrarme. Marco el número con
rapidez, y tan sólo aguardo por escuchar su voz del otro lado, ruego porque aún
ella no se encuentre dormida.
—¿Hola...?
Sólo me
toma escucharla... tan sólo eso, para que cada uno de mis músculos pueda
relajarse de nuevo. La seguridad, el alivio, el amor, todo vuelve a mí.
—Ah...—le
suelto un suspiro al momento—. Gracias al cielo que aún estás despierta, linda.
—¿Michael?—inquiere con un tono de voz
más vivaz. Es ella, es mi Rachel—. ¡Oh!
¡Hola, cariño!
—Hola... ¿Cómo va todo por allá?
—Va... muy bien—la escucho aclarando su
garganta con delicadeza al tiempo en que me acomodo contra el descansabrazo del
sofá—. Sí, de hecho, me he mantenido
ocupada con algo. Encontré algunas cajas en nuestra habitación repletas de
fotografías de todos nosotros. Con Monica me he comprado un álbum y comenzamos
a llenarlo.
—¿De
verdad?—sonrío para mí mismo—. Al menos con algo podremos asegurar que nadie más
se lleve nuestras fotografías. Es una idea brillante, pequeña.
—Lo
sé...
Ambos
reímos al mismo tiempo y tan pronto como la oigo recuperando el aliento un
silencio tremendo se propaga entre nosotros. Está todo demasiado callado.
—Pero, aguarda,
¿Qué hay de Monica? Ahora que la mencionas. Todo se escucha muy tranquilo por
allá.
—Agh—se queja divertida—, Monica se ha rendido completamente. Cayó
dormida a la media hora de comenzar.
Asiento
con una sonrisa. Bueno, al menos la compañía de Monica le ha durado a lo largo
de la tarde.
—Dios, pero dime—Rachel inspira aire con
fuerza y me saca de mis pensamientos—.
¿Cómo van las cosas contigo? ¿Va todo bien?
—Están...—en
el mismo instante me giro hacia el comedor para estar seguro; John ya se
encuentra despidiéndose de ambos y, por alguna extraña razón me apetece también
ubicar a Lisa de nuevo pero no logro acercarme pese al cable del auricular—.
Están perfectas. Lisa es una mujer muy amable, de hecho... De hecho hemos
planeado una cena para mañana en la noche. Iremos los tres, linda. Podrás
conocerla en persona, ¿Qué te parece?
—¿De
verdad...? ¡Dios! ¡No puedo creerlo!
—Podrían
llegar a llevarse de lujo. Será interesante—se me escapan algunas risas entre
cada palabra. Tan sólo quiero imaginármela llevando sus manos hacia sus labios
como suele hacerlo a cada momento.
—Tendré
que ir mirando mis mejores atuendos, entonces. ¿No?—se ríe.
—Con lo que sea tú siempre luces
perfecta, ya lo sabes.
Y mi
sonrisa no da para más. John ha llegado de pronto a posar su mano pesada a la
altura de mis hombros.
—Michael—murmura,
ridículamente serio. Al mirarle no oculto el desconcierto—, ¿Nos vamos?
—C-claro—replico
leve, obstruyendo el micrófono por un momento y luego de que él se aparta un
par de pasos me pongo a la llamada de nuevo—. Linda, te dejo. Estamos por salir
ahora. ¿Te veo en un par de horas?
—Te espero despierta, cariño—su voz no
deja de dedicarme la misma tranquilidad. Sonrío en el acto—. Adiós.
—...Adiós.
Devuelvo
el aparato a su base y sin pensarlo camino con intenciones de volver al comedor
para despedirme también, pero John me detiene dejándome perplejo y ya con las
mejillas encendidas de nuevo. Su cara... ¿Algo iba mal?
Instintivamente
quiero ubicar a Lisa con la mirada.
—Lisa me
pidió que te despidiera de ella—espeta entrecortado, como si se hubiese ocupado
de leer mis pensamientos—. Ha tenido que hacer una llamada también.
—Oh...—trato de asentir—. De
acuerdo.
Brett
aparece campante por detrás de nosotros.
—Michael—musita
sonriente y con otro trago recién servido en su mano—, ha sido un gustazo
verte.
—Lo mismo digo, Brett. Espero verte
pronto de nuevo.
Sólo me
sonríe y tiende su mano señalando la salida.
—Los acompaño—murmura.
—Oh, no,
no—John le zanja, interponiéndose en la misma dirección—. Vamos, tú acompaña a
Lisa. Michael y yo sabemos el camino.
—Bien...—sacude
la cabeza de pronto riendo, y yo trato de omitir algunas risillas. Había
olvidado el cómo la bebida podía ponerle así de cambiante—. Adiós.
Ambos le
estrechamos la mano una última vez, y sin decir o añadir más nada salimos por
la puerta de en frente. Pero... ¿La de en frente?
—¿Saldremos
por el frente?—viro hacia John que parece quedarse absorto por los pastizales
mientras cruzamos el ostentoso jardín delantero.
—Brett me
ha dicho que los malditos reporteros ya se conocen las hazañas de salir por
detrás—me dice. Bien, quizá por eso lo vi tan serio hace rato—. Además de que
nos hemos dejado el coche por delante, mientras más rápido, será mejor.
Al abrir
el tremendo portón un disparo de luz impregnándose contra mis pupilas es lo único de lo que me
doy cuenta. Otro más, bullicio, gritos... el infierno total. Nos habían
encontrado.
—¡Ah...!—John
brama crudo interponiendo un brazo hacia su rostro y uno más hacia mí para
cubrir mi rostro—. ¡Mierda, no...!
—¿¡Qué es
esto, John!?—mi voz apenas y toma presencia por todas esas voces impregnándose
alrededor. No podemos avanzar, a cada maldito paso que pretendo dar John se
retrae abatido por la cercanía de las personas.
—Debieron seguirnos. ¡Ven...!
Le sigo
con la cabeza gacha y con ambas manos puestas a la altura de mis oídos. Tan
sólo son voces sin sentido, son luces que ciegan y jaloneos, groserías.
Entretanto, escucho de pronto las primeras preguntas que puedo receptar.
¿Es verdad que
Servicios Infantiles ya ha ideado una sentencia de ser verídicas las
acusaciones del menor?
¿Irás a la cárcel
luego de esto, Michael?
¿Continuarás saliendo
con niños después de todo lo que ha pasado?
Se te ha visto con
una joven, ¿Está implicada también?
—No
contestes, Michael. ¡No abras la boca...!—un par de manos decididas nos
detienen a ambos en el acto, John se zafa, y me pretende ayudar, pero alguien
más me ha tomado de la cintura y no puedo moverme—. ¡A un lado, maldición!
No doy
más, es como si mi cuerpo no fuera el de siempre. Y mientras aquellas malditas
preguntas están cobrando fuerza tras mis oídos, una persona de espaldas
intercepta su cuerpo hacia mí haciéndome perder el equilibrio. Decenas de
rostros más agresivos, y un sujeto más con micrófono en mano me suelta una
bofetada con el filo de la cámara de video que logra tumbarme justo al borde de
la acera. Caigo golpeándome primero las caderas para luego sentir más puntapiés
distraídos por la totalidad de mi cuerpo.
—¡Mierda,
Michael...! —John me mira lleno de ira desde lo alto, con la mirada
desorbitada.
No se me
ocurre ni responder. Él sin perder tiempo desciende hacia mí y me levanta con
cuidado no sin antes empujar con brusquedad a personas que nos rodean para
hacernos espacio. Yo deseaba gritar, y por Dios que lo hacía en mi interior. El
dolor no me deja mirar más allá, no me deja articular palabra, es asfixiante,
abominable. Pero sigo sin sentir más nada.
Cuando
puede darse cuenta, John logra acercarnos lo suficiente al coche, y me tira
dentro del asiento del copiloto apenas tiene la oportunidad. El motor ruge y
avanzamos con velocidad. Una mano está congelada a la altura de mi rostro para
acatar el dolor supurante mientras John está bramando hacia mí preguntas que no
alcanzo a comprender. Mierda, no, duele demasiado.
Y todo a
causa de lo mismo, otra vez... Me siento al borde del colapso, encerrado en un
agujero con rejas y doble candado del que simplemente no logro salir, si la cerradura
es invisible, la oscuridad me impide verla, o porque ni siquiera sabía si
existía. Sensaciones así me hacían pensar que mi alma rota, vencida sentía que
ya no iba a lograr jamás curarme, levantarme y pelear. Todo cuanto pasó desde
esas malditas acusaciones, todo alrededor me consumía, me hablaba y me
recordaba a cada momento lo patética que se había vuelto mi vida, lo poco que
valía para algunas personas, lo sólo que estaba. Lo cabreado que estaba con mi
mera suerte.
—Rachel,
es Michael—John anuncia sosteniéndome de un brazo mientras ingresamos a la
estancia principal. Hemos llegado a casa y no me siento mejor, en absoluto. Mi
sangre bulle, mi piel palpita y derrocha dolor, sensaciones insoportables.
—¿Qué?—su
voz débil toma presencia, no la miro, pero sé que está ahí—. ¿Pero qué diablos
pasó? ¿Estás bien?
Apenas
puedo percatarme, Rachel me ha tomado del brazo y después de escuchar el primer
sollozo escapándose me dejo caer con su ayuda contra el sofá apretando los
dientes y puños con rabia e impotencia. Sintiendo el maldito miedo atropellarlo
todo. Ni la razón, ni la objetividad entran a mi mente, sólo el mero hecho de
no soportar su voz, mi respiración, y que estaba jodidamente molesto con todo.
—Un grupo
de paparazzis nos ha sorprendido al
salir—John dice, alzo la vista en un intento y le observo tendiéndole a Rachel
un botiquín.
—Tu
ojo... cariño—Rachel me señala turbada y con movimientos acelerados comienza a
hurgar el pequeño maletín—.Permíteme... por favor.
—Una
videocámara le hizo eso...—añade John, Rachel parece pasarle por alto más
contenida y aterrada que antes—. Maldita sea, en cuanto sepa de dónde les han
mandado, la van a pagar. Yo me encargo de eso.
La voz de
John, los quejidos de Rachel... no puedo tomarlo más.
—John... por favor—mi voz le petrifica a él y a
ella por igual—. Déjanos solos.
—Pero, Michael... —niega, trémulo.
Con un
demonio, ¿Lo tengo que repetir?
—...Ahora.
Comienza
a alejarse sin decir nada más, y el aire no vuelve a circular por mis pulmones
sino hasta que escucho la puerta principal cediendo con él a lo lejos. Mi
mirada desciende, y Rachel entonces cura mis raspones, que eran bastantes,
además de encontrar otro golpe más a mi costado que no deja de palpar hasta
asegurarse de que no se tratara de una fractura.
Y si tan
sólo las miles de preguntas más que me lanza no fueran tan insistentes...
—Maldita sea...
Rachel se
estremece al escucharme, quitando ya sus manos de mi cintura.
—A-amor...—la escucho, pero no
pretendo contestar.
No la
miro ella, sino al desorden de fotos y arreglos que abarcan la mesa de centro y
caen por toda la estancia. No, no, todo está mal, mierda.
—Michael...—se
aproxima y veo su mano tratando de alcanzar la mía. Pretendo ahora encararla
pero no puedo evitar sentirla tan lejana, así la tuviera a un lado de mí—. ¿No
me vas a...?
Alejo mi
brazo de ella en el acto, siendo capaz de nada salvo exhalar rabioso.
—Michael,
comprendo que estés molesto—susurra con cuidado, y al mismo momento observo
cómo lleva ambas manos a la altura de su vientre luego de lo que pareció un
malestar. Pero se siente tan vacía, tan ajena, que no parece siquiera que la estoy
escuchando—. Aquellas personas no tenían ni el mínimo derecho de agredirte así,
pero... pienso que esto pudo haber resultado mucho peor... —se vuelve a
acercar, a poner sus brazos alrededor de mi espalda. Es insoportable—. Tan sólo
agradezco que estés bien...
—¡¿...Bien?!—zanjo al ponerme ya de pie,
dejándola perpleja, ahí, sentada con los labios entreabiertos sobre el sofá—. ¿Te
parece que estoy bien?
Tras
inspirar aire, sé que no dirá nada más.
—Pues te
tengo noticias, Rachel—me escucho decir con tono amargo, sintiendo ácido en la
garganta. ¿Por qué está pasando esto conmigo? ¿Por qué no paro de verla con...
aberración, con rencor? —. No estoy bien.
No estoy bien con el hecho de que creas que todo está bien. No estoy bien con
la maldita presión que vivo ahora día con día. No estoy bien con la prensa
rodeándome a cada lugar que voy. ¡No
estoy bien con lo mediocre que se ha vuelto mi vida!
Receto un
golpe directo hacia el estuche que contenía las fotos, haciéndolo estrellarse
sin más. Ya sintiendo cómo mi mente se hace ajena a mi cuerpo. Entonces la
quiero mirar.
Las
lágrimas salen de sus ojos, más no es llanto. Y simplemente me quedo
manteniendo su expresión impávida.
—Entonces...
¿Eso es lo que crees que tienes conmigo?—se limpia cada mejilla con un pestañeo
de desprecio hacia mí mientras se agacha ansiosa a recoger cuantas fotografías
les es posible—. ¿Una vida mediocre?
—...No—niego ansioso—. No hagas esto
sobre ti ahora. Por favor.
—¿¡Sobre
mí!? ¿Y cómo diablos podría hacer esto sobre mí? ¡Es sobre ti! ¡Todo cuanto ha
ocurrido en los últimos meses es acerca de ti! ¡Y yo simplemente quedo en el
olvido, soy como un fantasma andando a tus espaldas!
Mierda,
me río por la simpleza del comentario y aún no termino de comprender.
—¡Pues,
gracias!—extiendo mis brazos con orgullo. No articulo, no existe otra cosa más
que toda esa rabia dentro de mí—. ¿Sabes? Me gustaría tener el peor momento de
mi vida acompañado de un poco de culpa, por favor.
En ese
momento ella vuelve a azotar todo cuanto había recogido directo contra la
moqueta, se aleja veloz de mí en dirección a las escaleras pero se detiene de
una al cabo del primero de los escalones para mirarme otra vez. Hay más
lágrimas saliendo de sus ojos.
—Y será
mejor que vayas haciendo tu reservación para dos personas, solamente—sentencia
con la voz ya destruida—. Porque no pienso acompañarte a tu cenita.
Me bufo
harto, recalcando la maldita broma.
—Créeme, será un placer.
Me mira
de refilón, ahora muerta de rabia, y tras llevar cinco segundos de haber
desaparecido de mi vista, entra a la habitación dando un portazo. A mí habitación.
Permanezco
ahí, de pie, sintiendo aún cada uno de los raspones que el percance me había
dejado, eso sin contar el dolor agudo de uno de mis costados aniquilándome como
los mil demonios. Pero aún así no era nada peor que saberme derrotado ante todo
ese enojo, ante ella, ante la situación, y cómo aquello nos consumía. Miro el
sofá de reojo justo frente a mí y me obligo a comprenderlo en el mismo segundo.
Y maldita
sea... Tendrá que ser sí o sí un buen lugar para pasar la noche.
Perdon que estos ultimos capitulos no haya comentado Kat, pero eso no significa que me perdi! Aca estoy!
ResponderEliminarSiempre agradecida por rl maravilloso trabajo que haces! Me encantaaaaaaaaa!
Honestamente amo a Lisa, por rso mismo me fascina el papel tan real que le has dado en tu historia, es simplemente genial!!! Me muero de la emocion por saver que pasaaaaaaaaa
Puedes publicar capitulo mañana? Jaja.
Besos.